Cuando la barba del joven mostró que la pubertad había llegado, sus padres pensaron que podría el día de mañana relevarlos en la dirección de la empresa. En el corazón del padre anidaba un afán de proezas empresariales para su hijo y los ojos de la madre brillaban esperanzados en las habilidades de su niño. Veían al hijo de quince años, en el día de mañana, escalar elevadas peñas comerciales y el sonido de su nombre retumbar en la ciudad y de plaza en plaza de la región, como un eco de fama repetitiva. Los padres le veían dirigiendo a los empleados como esa caballería del aire que va conducida por águilas reales. Le veían luchando contra la competencia con un ruido atronador, camino del éxito, como capitán que comanda un ejército de bien formados batallones. La empresa en manos de su hijo sería en el futuro un ejército de empleados unidos por encendido compromiso fraternal y deseosos del triunfo en el que palpitaba la esperanza.
Lo soñaron dirigiendo la empresa al son de los clarines y al toque de mando del cornetín para arrasar en el mercado, sin que bancos lo detuvieran ni competidores vengativos. Lo oyeron dar el grito inmenso de la victoria. Lo imaginaron durante siete largos días y sombrías noches luchando por abrir mercados en Qatar; lo hacía incluso sin la espada de la formación y de la experiencia.
Cuando despertaron del sueño comprendieron que en el hijo no existía ni corazón de piedra ni tenía en su cerebro coraza de metal para vencer a los competidores y superar las barreras del intervencionismo radical. No tenía fuerzas para el continuo girar de ruedas y ojos que forman el engranaje de la organización de su empresa. No era persona para, libre de pasión y de nerviosismo, descargar martillazos sobre los competidores; se dieron cuenta pronto los padres que ese hijo no tenía autoridad ni lograría la necesaria superioridad. El hijo no tenía capacidad para deshacerse de los buitres del odio que pululaban en el mercado y en la envidia de los funcionarios de la Administración del Estado. A los padres les hubiera gustado que hubiera aprendido del padre a mover los picos y a afilar las garras. Pero el hijo solo era obediencia ciega sin iniciativa propia; este sometimiento de esclavitud al padre era señal de espíritu vulgar del hijo. Andaba siempre pegado a las faldas de la madre, sometido y solícito de la mirada maternal. Con esa blandura entendió el padre que no podrá en el futuro dejar a su hijo la empresa.
El padre esperaba en el hijo algo que agitará su alma, un carácter voluntarioso, un puño con fuerza. Al hijo le faltaba un poco de pobreza, trabajo sin interrupción y duro esfuerzo en vez del néctar del colchón de su madre. Le faltaban dos puños bien templados para competir en el mercado.
Un día el hijo, peldaño a peldaño, intentó emprender la huida para siempre de la empresa como hogar. El padre le siguió furtivo para intentar convencerle de volver atrás. Pero el hijo no regresó y el padre se quedó sin sucesor. ¿Por qué seguir luchando se preguntó el padre al ver a su hijo marchar hacia lontananza?
José Javier Rodríguez Alcaide Catedrático Emérito de la Universidad de Córdoba
|