La mayoría de los empresarios familiares, que he conocido, son serios, lacónicos, esforzados, empeñados en sacar adelante su empresa. No puedo, por menos, que reconocer su carisma, esa mezcla de temeridad y frialdad de cálculo, que les ha permitido amasar sus proezas. Algunos, además son simpáticos y tienen una especie de magia en sus palabras. Son gentes que han creído en el comercio y en la producción de bienes y servicios para hacer feliz a una civilización; otros, incluso son altruistas, y han constituido fundaciones para ayudar a la sociedad de una u otra manera. Pocos han sido “pillastres” abusivos, que eran apostrofados con ciertas exageraciones peyorativas. En casi todos, hasta 2006, encontré miradas soñadoras.
Ahora en 2012, tras cinco años de apuros, percibo en ellos pensamientos muy contradictorios: desde querer cerrar el negocio hasta fajarse para seguir adelante. Revisan en 2012 su idealismo, sus esfuerzos anteriores, y piensan que serán capaces de sacar sus proyectos adelante, incluso sus filantrópicas fundaciones; revisan también sus respectivas conciencias y lamentan haber actuado, a veces, en contra de sus propias convicciones a la hora de decidir en su empresa, guiados por la urgencia o el excesivo optimismo. No tienen más remedio, en plena crisis, que revisar las decisiones tomadas en el pasado.
Todos, ahora, viven anegados por dudas que parecen eternas. Les resulta ocioso dudar si la crisis actual es buena o mala, pues cuando no hay marcha atrás no merece perder el tiempo preguntándose si hubiera sido preferible no haber tomado alguna de aquellas decisiones; si la corrupción moral, que ha invadido España, es o no la causante de esta paralización económica; si esto es o no el apocalipsis. ¿Son la codicia y la avaricia la causa de esta mala situación?
Les noto en el otoño de 2012, cinco años después del inicio de la crisis, con bajo estado de ánimo, como cansados del desmedido esfuerzo que durante este último quinquenio han realizado para poder sobrevivir; unos están rabiosos hoy y desmoralizados pasado mañana, como si su dedicación a la empresa no sirviera para nada. Todos hacen enormes esfuerzos para vencer el abatimiento y la descomposición anímica que sobrellevan; algunos están a orillas de cierta locura; sumergidos en el infierno sin querer sucumbir. Todos viven una angustia constante aunque unos son incrédulos y otros son creyentes; y hacen un gran esfuerzo para aparecer serenos ante la carencia de audiencia en la banca y la elevada morosidad. Ya no están en la fase idílica y racional de los años finales de los noventa y primeros de este siglo; la cruda realidad es arbitraria y caótica; mezcla de azares, de leyes cambiantes y de intereses múltiples contradictorios. La crisis ha provocado en todas las empresas familiares cambios profundos, trastornos enloquecedores, retrocesos manifiestos por sorprendentes e inesperados. El quinquenio 2008-2012 nada tiene que ver con el sexenio 2001-2005 en todas y cada una de estas empresas. Aquel periodo, hoy sufrido, es de gran desmoralización.
¿Estaban justificados tantos sacrificios desde que se iniciara la crisis? Esa es la pregunta que se hacen estos empresarios que se me presentan desvalidos y obligados a una severa austeridad. No son mártires ni son héroes; solo son luchadores de su propio destino en un mundo amoral; los más se sienten deprimidos y asqueados. ¿Este afán por salvar las empresas no cegará su lucidez? Me he preguntado a mí mismo al contemplarlos y escucharlos. No; ese afán de salvación no está reñido con la lucidez sino iluminado por la esperanza. En tanto los politicastros en el Congreso rivalizan para ganar espacios de poder y seguir viviendo del presupuesto, estos empresarios no pierden el tiempo en rivalidades sino que lo dedican a su tarea principal: salvar a sus empresas. En tanto los políticos destruyen el espíritu, aniquilan la voluntad de resistencia, estos empresarios familiares sacan a relucir sus instintos por sobrevivir; sin embargo, algún que otro empresario se parece a un fantasma.
José Javier Rodríguez Alcaide Catedrático Emérito de la Universidad de Córdoba
|